• Carlos Vivas

Testear o no testear: ¿es este el dilema?

Carlos Vivas, Homero Bagnulo - Notas sobre la pandemia



El tsunami de información sobre el coronavirus sobrepasa nuestra capacidad de procesamiento. Así, la enormidad de datos fraccionados que recibimos sobre la experiencia de un país en esta pandemia nos lleva a validar la última foto sin relacionarla con las anteriores.

Un ejemplo que ilustra esta situación es la experiencia de Japón. Cronológicamente lo primero que nos sorprendió fue cuando se aferró a la posibilidad de mantener sus Juegos Olímpicos. Luego llamó la atención la estrategia que adoptó con la cuarentena del crucero Diamond Princess, que las mismas autoridades japonesas reconocieron que no fue la mejor. Durante marzo y abril se sucedieron las notas del crecimiento exponencial del número de infectados, la amenaza de saturación de algunos hospitales, la decisión de suspender los Juegos, y la adopción de medidas sanitarias especiales para varias prefecturas (departamentos). En mayo, nos enteramos de que estrategia había sido exitosa, que el número de fallecidos había sido bajo, y que el número de test diagnósticos había sido muy inferior al de otros países.

¿Cómo se puede entender una información tan disonante? ¿Acaso no es imprescindible hacer un gran número de tests? Si no los diagnostico y por ende no los trato, ¿por qué me fue bien? Con el diario del lunes cabe el planteo de que en realidad no me fue bien, sino que me salió bien. Con esta visión mezquina se podría afirmar que Japón especuló con relativizar la gravedad de la enfermedad para poder realizar sus Juegos, lo que le hubiera reportado ganancias por 30.000 millones de dólares y además la generación de 150.000 puestos de trabajo. No obstante este enfoque sensacionalista no resiste el menor análisis. El desarrollo económico de Japón lo ubica en el grupo de los países con altos ingresos, grupo que integra Uruguay. Pero este desarrollo económico no puede lograrse sin un imprescindible correlato social, cultural, educativo e institucional. Es esa infraestructura de dirigentes y de conglomerados legales, políticos, académicos, gremiales y financieros la que impide o al menos mitiga los desvaríos de sus líderes transitorios. ¿Cómo imagina el lector que las sociedades americanas y británicas sobrellevan las marchas y contramarchas del Sr. Trump y del Sr. Johnson?

La posibilidad de que Japón se enfrentara a una mutación más benigna del Sars-CoV-2 está descartada. La mortalidad de los pacientes graves que requirieron internación en CTI es la misma que en otros países. ¿Cómo explicar entonces sus buenos resultados con una menor tasa de test diagnósticos?

Una forma de abordarlo es a través de una comparación con Corea del Sur. Este país sufrió la pandemia al mismo tiempo que Japón, pero casi desde el inicio adoptó la estrategia de hacer muchos tests, identificar y seguir a todos los contactos y aplicar un aislamiento selectivo. A través de dos bases de datos (countryeconomy.com y nationmaster.com) es posible contrastar las ventajas estructurales y adaptativas de cada país para que ambos, siguiendo vías distintas, obtuvieran los mismos buenos resultados.

A pesar de que Japón tiene 126 M de habitantes y Corea 51 M, la densidad poblacional de Japón (número de habitantes por km cuadrado) es un 35% menor, lo que se acompaña de una menor concentración urbana al tener las ciudades japonesas en proporción menos habitantes que las coreanas (23% menos). Aunque el porcentaje de mayores de 65 años en Japón duplica al de Corea (20% vs 10%) lo que significa tener más población de riesgo, los cuidados que reciben los japoneses de este grupo son superiores a los que ofrece Corea. Mientras que Japón ocupa el 8° lugar en el Global Age Watcher Index, Corea tiene el lugar 60°.

Otro aspecto de importancia para entender el menor riesgo de muerte frente al COVID-19 en Japón es que tiene la mitad de prevalencia de las enfermedades crónicas no transmisibles que tiene Corea. Esto es, tiene muchos menos enfermos respiratorios, cardiovasculares, cánceres y de diabéticos. Otra ventaja japonesa es que dispone del doble de camas por cada 1.000 habitantes que su vecino, por lo que el riesgo de ver congestionado su servicio hospitalario es menor.

No encontramos otras diferencias significativas en infraestructuras sanitarias, alimenticias, ni de protección social. Ambos tienen una cobertura asistencial universal con alto porcentaje de accesibilidad, comparten el mismo respeto y confianza en sus autoridades políticas y académicas, tienen el mismo entrenamiento en el manejo de epidemias, así como no le resulta novedoso a su cultura el distanciamiento social ni tener que extremar las medidas de auto cuidado a través del uso cotidiano de máscaras faciales y el lavado frecuente de manos.

Hasta el momento, Japón tiene 131 casos por cada millón de habitantes vs 218 en Corea. Los fallecimientos por COVID-19 en Japón son 6 por millón mientras que en Corea son 5. Respecto a los test de PCR Japón ha realizado 2.122 por millón de habitantes y Corea hizo 8 veces más, 16.001.

A través de las conferencias de prensa de sus autoridades sanitarias desde el 6 de febrero a la fecha se puede ver la evolución y adaptación de la estrategia japonesa. Es indudable que al inicio e incluso avanzado marzo, las ganancias económicas y políticas de los Juegos Olímpicos pesaron en las decisiones sanitarias. Las razones presentadas para no realizar un testeo masivo son aceptables, aunque no logran convencer. Japón señaló que no disponía de kits suficientes y que quería evitar que la gente acudiera en masa a los hospitales para ser testeada. Según las autoridades, y lo compartimos, los hospitales son lugares de muy alto riesgo de contagio. Así que recomendaron que quien tuviera síntomas respiratorios y fiebre se quedara 4 días en su casa para descartar una infección por un germen banal. Los tests se realizaron solo a quienes no mejoraban y a todos sus contactos.

Al inicio las autoridades sostenían que el virus se propagaba generando grupos y que su identificación y aislamiento temprano permitía controlar la enfermedad. Pero sobre el 22 de marzo Japón debió reconocer que en el 40% de los casos no se podía identificar el origen de un foco, porcentaje que en semanas aumentó al 70%, por lo que apostar exclusivamente a la identificación de los clusters ya no resultaba eficaz. Varias prefecturas debieron restringir el movimiento de sus ciudadanos, recomendar la suspensión de las clases escolares, y el movimiento a través de sus fronteras. Japón adoptó la misma medida que tomó Uruguay, apeló a una restricción voluntaria del tránsito para mantener solo las actividades esenciales. El objetivo de su estrategia se definió en cómo evitar las tres C: espacios Cerrados, Contactos estrechos y Concurrencias masivas. Además, desde el inicio el gobierno identificó a la responsabilidad ciudadana como un valor intangible para enfrentar con éxito a la pandemia.

Apostó fuerte a la transparencia de la información y comunicó en todo momento su compromiso con el respeto por los derechos individuales. Eso le permitió ir modificando su postura hacia un aumento del número de test, a la descentralización de las tomas, y a solicitar la autorización para el seguimiento del tránsito a través de los smartphones. Recién a mediados de abril la población señaló al gobierno su disconformidad con la estrategia. El 70% opinó que las medidas eran tardías y el 58% entendía que debían ser más profundas. Así se llega al 13 de mayo, cuando el gobierno declaró su decisión de extender el testeo así como de modificar su modalidad. Se anunció que se iban a realizar 200.000 test por semana a través de una técnica rápida (búsqueda de antígenos) que se puede realizar en 30’. Como tiene baja sensibilidad, a quienes el test resulte negativo, en el momento se le hará el hisopado nasofaríngeo según la técnica de PCR. Finalmente el 22 de mayo el Ministerio de Salud anunció que en junio se realizará una muestra nacional al azar de 10.000 personas que provengan tanto de áreas de muy baja incidencia así como de distritos con mayor incidencia buscando determinar la respuesta inmunológica cuantitativa que generó el virus en la población japonesa.

Como vemos, los datos aislados confunden. El menor porcentaje de tests en Japón no refleja la escalada rápidamente creciente que tuvo lugar en la realidad. La estrategia inicial de hacer pocos estudios se mantuvo durante demasiado tiempo como para poder reflejar en las cifras la estrategia global de las autoridades japonesas. La experiencia de Japón es una muestra cabal de que para que un gobierno pueda tener flexibilidad en sus medidas adaptativas, es imprescindible contar con una sólida relación de confianza con la sociedad. Solo así es posible enfrentar una amenaza desconocida y peligrosa de la que todos los días estamos aprendiendo.

Una foto no alcanza. Hay que ver la película


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