• Carlos Vivas

¡Son los muertos estúpido!

Reflexiones acerca de la estrategia de manejo de la epidemia de covid-19 en Suecia


Durante la campaña electoral para las elecciones presidenciales estadounidenses, el director de estrategia de Bill Clinton, James Carville, definió tres ideas-fuerza: “cambio vs más de lo mismo”, “la economía, estúpido”, y “no olvidar el sistema de salud”. Lo que al inicio era un eje más de un recordatorio pegado en la cartelería interna del Partido Demócrata, se convirtió en el eslogan no-oficial de la campaña. Luego se le agregó el verbo ser al inicio para finalmente ser adaptado para todo aquel concepto juzgado como esencial en determinada situación. Así, se ha sustituido a “economía” por “la previsión”, “los goleadores”, o “el estudio”.

En el día de hoy este eslogan viene a colación de lo declarado por el Dr. Anders Regnell, epidemiólogo encargado de la estrategia del gobierno sueco para enfrentar la pandemia del coronavirus, sobre la percepción de haberse quedado corto con las medidas de distanciamiento social. Desde hace varios días Suecia tiene una alta mortalidad vinculada al COVID-19. Al día de hoy el número de casos activos es de 27.964, estando 308 en estado grave. Desde el 23 de abril los casos nuevos por día están en el orden de 750 – 800. Las muertes diarias vienen disminuyendo, aunque ayer fueron 65. La mortalidad promedio cada 100.000 habitantes es de 43, una de las más altas del mundo (7° lugar). En este ranking, se debe tener en cuenta que España e Italia (lugares 5 y 6) tienen un sostenido descenso de casos diarios, lo opuesto de Suecia. El caso de Bélgica con 82 muertes cada 100.000 habitantes (lugar 2), es diferente por la definición muy laxa que adoptó el gobierno para definir las muertes por COVID-19.

Según las declaraciones de Regnell, tal vez lo mejor hubiera sido un punto intermedio entre la propuesta sueca y lo que hicieron otros países. Destacó que aunque no tiene evidencias de la eficiencia de otras medidas que se pudieron haber implementado, señaló la conveniencia de haber planeado mejor los cuidados en los residenciales de adultos mayores y haber realizado un mayor número de tests.

La visión de Regnell, así como la de su mentor, el Profesor Johan Giesecke, es la de que COVID-19 es un tsunami ineludible para los servicios de salud. Ante la falta de medicación específica así como de vacunas, lo único que tiene sentido es el distanciamiento social y el lavado de manos. Ambos entienden que para poder aplicar medidas sanitarias eficaces y eficientes deben estar respaldadas por la cultura de la sociedad donde se aplicarán. Las cuarentenas totales solo se pueden tolerar en regímenes autoritarios y por poco tiempo. Afirman que las consecuencias económicas y sociales de un bloqueo sostenido son más destructoras de lo que es la enfermedad por sí misma.

Respecto de la mortalidad sostienen que al revés de lo que ocurre con la gripe, el guión del SARS-CoV-2 está escrito para los mayores de 70 años y para todos aquellos pacientes con comorbilidades. Señalan que la publicación con bombo y platillo de las muertes diarias sólo agrava la situación al presionar un sistema sanitario ya de por sí “estirado”, esto es, sin mayor capacidad de adaptarse a nuevas exigencias. Aceptan que los malos números iniciales eran de esperar, pues las víctimas eran personas con muy poca expectativa de vida, por lo que el impacto del COVID-19 es que adelantó masivamente fallecimientos que de todas formas iban a producirse en los próximos meses. Desde el inicio de la epidemia señalaron que los verdaderos resultados se podrían medir en 1 año y que allí se iba a comprobar que todos los países habrían tenido los mismos resultados.

¿Qué pasó para que Regnell modificara su opinión?

El objetivo de proteger la economía del país fracasó a pesar de tener una mayor apertura social que otros países europeos. Según la ministra de Finanzas, el PIB sueco caerá un 7%, guarismo similar al de otros países europeos. Además, se calcula que para el 2021 el porcentaje de desempleo alcanzará al 10%, con más de 1 millón de desocupados.

Además, aunque en las declaraciones haya sido soslayado, está el peso de la mortalidad en la opinión pública. Es cierto que las democracias occidentales adjudican un valor muy alto a la defensa de los derechos individuales, pero de poco sirve la libertad a los fallecidos. La derecha ha fustigado al gobierno social-demócrata por no haber cerrado el ingreso de inmigrantes (?), mientras que desde la izquierda se le reprocha que la mayoría de los muertos del “estado del bienestar” son inmigrantes, pobres y desfavorecidos en los determinantes sociales de la salud.

Dr. Regnell, de acuerdo con evitar acciones que “ayuden” al coronavirus a destruir una sociedad, pero coincidirá conmigo en que las muertes de personas frágiles no pueden ser aceptadas como “collateral damages”.