• Edgardo Sandoya

Siete días en la vida de un"contacto de contacto"

Relato de un médico amigo al inicio de la pandemia


Hace una semana, estando de guardia interna como cirujano, mi esposa, quien también es médica, me avisó que uno de nuestros hijos había recibido un aviso de su Facultad por el que le comunicaban que había tenido un contacto durante 3 días con un caso confirmado de covid-19. Hasta esa fecha, sabía que los contactos con personas positivas al virus debían guardar una cuarentena de dos semanas, pero no tenía información sobre la conducta adoptar en mi caso, “contacto de contacto”. Dado que nuestros hijos conviven con nosotros, pese a lo grande de nuestro domicilio, tenía claro que en el caso de que mi hijo resultara positivo, habíamos mantenido un contacto estrecho y prolongado, por lo que existía el riesgo de que yo fuera un transmisor del germen. Esto representaba un riesgo tanto para mis compañeros de guardia, como para el personal de la institución que interactuara conmigo y para mis pacientes. Si bien en el plano teórico resultaba claro que debía retirarme de la institución, mi formación como docente de seguridad del paciente me recordó que en situaciones de riesgo inesperado no se debe improvisar sino seguir los protocolos de actuación. Así, me comuniqué con la Dirección Técnica de mi institución para seguir sus directivas. Luego de contactar con nuestra infectóloga de referencia y con la oficina respectiva del Ministerio de Salud Pública, se llegó a la conclusión de que pese a que los contactos de contactos no estaban aún incluidos en la estrategia sanitaria, parecía razonable que toda la familia se mantuviera en aislamiento por 15 días. Solucionado rápidamente el problema laboral, debí enfrentarme con “la procesión que iba por dentro”. Mi contacto estrecho con colegas que trabajan el humanismo médico así como mi fe espiritual me habían permitido asumir con tranquilidad mi vulnerabilidad. En los últimos 30 años del ejercicio de mi especialidad debí ajustar mi técnica y mi actitud conductual a convivir con agujas e instrumentos cortantes en el entorno asistencial de pacientes portadores de HIV y de Hepatitis C, aceptando que en principio todo paciente que se opera puede ser portador de tales afecciones. Sin embargo, esta resiliencia personal no la podía extender automáticamente a mis hijos. Así, hube de encajar, que tal vez uno de ellos hubiese sido infectado por un virus que hasta el momento estaba rodeado de un halo de duda y de pronóstico vital incierto. Cuando llegué a casa, mi esposa ya había tomado las medidas de aislamiento intradomiciliario y explicado a nuestros hijos la situación de cada uno de nosotros así como la necesidad de respetar a rajatabla un puñado de nuevas reglas de funcionamiento familiar, que esperábamos fueran suficientes y transitorias. Resultó muy grato comprobar la fácil adaptación por parte de todos, incluso de quien debía estar aislado en su habitación, a la nueva dinámica familiar. No niego que tenía algunas dudas sobre la aceptación inmediata de una realidad que se nos había impuesto. Por una vez las lecturas de sociología me jugaron en contra, al recordarme que varios estudios internacionales eran contestes en afirmar que Uruguay es uno de los cuatro países que menos toleran la incertidumbre. Por suerte, en casa, no nos afectó el sabernos insertos en una realidad cambiante e impredecible. La tranquilidad familiar nos llegó con los resultados negativos de los hisopados nasales y orofaríngeos. En ese momento solo el contacto con un positivo estaba cubierto por el sistema sanitario, pero decidimos que todos debíamos hacernos el test. El encierro nos planteó dos nuevos problemas, la necesidad de respetar los espacios y momentos personales y la interacción con los proveedores de alimentos e insumos. Respecto al imprescindible espacio personal creo que nos ayudó mucho el viejo proverbio que nos enseñó el Padre Ariel Busso y que con mi esposa repetimos como una muletilla “antes de decir algo conviene preguntarse: ¿estoy seguro de lo que voy a decir?, ¿es esta la oportunidad de decirlo? y ¿le voy a hacer algún bien a quien se lo digo?” Para finalizar estos comentarios, deseo compartir las estrategias personales que me resultaron de ayuda en estos días: 1 )Leer y escuchar música; 2) Conectarme a las redes sociales dos veces por día, después cerrarlas. Pese a haber nacido “a mediados del siglo pasado” no niego el valor de interactuar con amigos y colegas nacionales y extranjeros, aunque me cuido de quedar sobreexpuesto a la estupidez, histeria y manipulación; 3) Como referentes y “tranquilizadores” locales sigo a mis amigos Edgardo Sandoya y a Homero Bagnulo. Como referentes internacionales que me resultaron valiosos sigo a: Devi Sridhar, Profesora de Salud Global, University of Edimburgh, Adam Kucharski, de la London School of Hygiene and Tropical Medicine; Neil Ferguson, del London Imperial College; Marc Lipsitch, Profesor de Infectología y Epidemiología de Harvard, y por supuesto el historiador Yuval Harari. 4) Actualmente me inscribí a dos cursos gratuitos de difusión en epidemiología clínica que brindan la London School of Hygiene (https://www.lshtm.ac.uk/study/courses/short-courses/free-online-courses/coronavirus) and Tropical Medicine y el Imperial Colllege of London (https://www.imperial.ac.uk/news/195455/covid19-imperial-launches-free-online-course/) Luego de esta experiencia, que aunque corta fue una verdadera vivencia de acuerdo a su sentido original, nos estamos preparando para retomar nuestras vidas en un nuevo contexto social y sanitario. En mi opinión, tal vez nunca fue tan necesario aprender el manejo de la incertidumbre como en estos momentos. Abrazo a todos